Gabriela Parigi, ex gimnasta de la Selección Argentina: “Está muy idealizado el éxito”

Parigi en una de las escenas de Consagrada.
Parigi en una de sus exposiciones cuando era adolescente.

En los últimos años, los casos de gimnastas olímpicos que decidieron dar un paso al costado en pos de su salud mental se hicieron cada vez más frecuentes. Tal vez no porque antes no ocurriera, sino porque la palabra y el acto de hablar adquirieron otra centralidad que motivó a muchos y muchas a exponer frente a los ojos de todos sus vulnerabilidades y los procesos que atraviesan. ¿Cuánto tiene que ver el imperativo de la competitividad entre los y las deportistas que participan de competencias internacionales como piedra de toque para que los problemas de salud mental emerjan?  

Gabriela Parigi fue gimnasta de la Selección Nacional Argentina de Gimnasia Artística durante 16 años. Se ha consagrado en Juegos Panamericanos y Mundiales. Conflictuada ante la idea de que el único fin fuese el de competir, dio un paso al costado de ese mundo, aunque no prescindiendo de él, para adentrarse en el artístico y poder expresar allí sus pasiones. 

Actualmente es parte de Proyecto Migra, una cooperativa cultural de trabajo que coordina un centro cultural itinerante y se encarga de organizar el Festival El FICI (Festival Internacional de Circo Independiente), además de coordinar dos espectáculos de la compañía, Waminix y Un Domingo. Es directora pedagógica y fundadora de la formación profesional Eureka Laboratorio de Circo Contemporáneo. Recuperando también su propia historia, actúa en Consagrada, bajo la dirección de Florencia Micha, una obra de biodrama en el que refleja los padecimientos que los y las deportistas jóvenes pueden atravesar cuando la exigencia es extrema. 

Periodista: ¿Cómo se dio el pasaje de gimnasta olímpica a la interpretación actoral de tu propia historia? ¿De dónde y cómo surgió esa necesidad?

Gabriela: Desde que soy chica me gusta mucho bailar. Era muy inquieta: improvisaba en los cumples, me gustaba disfrazarme, pintarme. Tenía claramente un disfrute por ahí, entonces por eso mis viejxs primero me mandaron a danza, donde mi profe vio una actitud más explosiva y acrobática en el cuerpo, y ahí fue que ella dijo “prueben con que vaya a gimnasia”. Efectivamente, fui a gimnasia y fue un viaje de ida. Recuerdo que me gustaba mucho hacer las rutinas de suelo donde bailaba y podía sonreír, y también tengo el recuerdo físico, emocional, químico, de que disfrutaba mucho más de las exposiciones que de las competencias. Había algo del bailar, del expresar, que lo disfrutaba muchísimo, y no tanto la presión de la competencia, que ahí te están juzgando y te tienen que salir bien las cosas porque sino perdés. No tenía el disfrute por el ganar o perder, sino más por el tinte de lo expresivo, de la improvisación.

Hay una anécdota que siempre cuentan mi mamá y mi papá que es que en mi primer torneo, era muy chiquita, debía tener 5 años, me olvidé de toda la rutina de suelo y la improvisé. Bailaba, hacía cualquier cosa. Y ellos no se enteraron de afuera, no se dieron cuenta, y después la entrenadora les dijo “no, no, no era así, inventó todo”. Entonces había algo que yo ya lo tenía abierto en mi mundo de lo expresivo, de lo libre y lo abierto en el disfrute. 

En mis dos últimos años de gimnasia empecé a estudiar para ser entrenadora para cambiar ciertas lógicas desde adentro y para hacer a mi forma algunas cosas con las que no estaba de acuerdo con cómo las habían hecho conmigo. Eso me tomó un tiempo y finalmente me di cuenta de que con lo que en realidad no estaba de acuerdo era con incitar a competir y con que el objetivo siempre fuese llegar a la competencia y ganar, sobre todo en niñeces. Entré como en crisis ética con eso y cuando lo entendí agarré todo lo aprendido del entrenamiento y me mudé al ecosistema artístico, acrobático, circense. A la acrobacia y a enseñar, pero sin objetivo competitivo, sino a que ese fuera desplegar las inteligencias físicas. 

En ese camino de búsqueda cuando dejo gimnasia también estudié arquitectura, y yo empiezo a buscar estudiar algo que tuviera que ver con las artes escénicas. Probé en varias escuelas de danza conocidas y salí espantada por el ambiente competitivo. Sentía una energía parecida a la del ambiente de la gimnasia. Mi hermano empezó a insistir con que pruebe con el circo. La verdad es que yo tenía una imagen del circo en donde te exigían, te cagaban a pedos, te lastimabas el cuerpo. Sentía como una imagen del circo más tradicional y yo ya no quería estar en riesgo físico. Hasta que, por una de esas causalidades de la vida, voy a ver a una amiga actuar en una muestra de fin de año de una escuela de circo que se llama La Arena, y ahí veo a bailar a un chico que se llama Lucio Baglivo, que me encantó absolutamente, que hacía una escena de danza acrobática con teatro. Ahí yo me di cuenta de que era ese el lenguaje que yo quería hacer, entonces me anoté en La Arena, hice la formación profesional de dos años y al toque entré a la compañía porque tenía mucho nivel acrobático y me gustaba actuar. 

Me formé profesionalmente, empecé a trabajar mucho, y cuando terminé me fui a hacer una formación profesional a una escuela de circo contemporáneo en Francia, en donde viví tres años mientras la hacía, y siempre estuve estudiando mucho teatro físico, humor, teatro antropológico. Y así seguí formándome siempre y actuando mucho.

P: ¿Qué extrañas y qué no del mundo de la competencia? 

G: De la competencia en sí misma no extraño nada. Al revés, de la competencia siento alivio. A mí me gustaba mucho entrenar, las exhibiciones. Las competencias las habitaba, las llevaba bien, me iba bien porque entrenaba mucho, era muy comprometida y dedicada, pero no soy bicho de la competencia. Eso también es asumirlo. Además no me gusta incitar a competir. Sí soy muy detallista, muy perfeccionista, muy terca, muy dedicada, muy obsesiva de que salga bien, pero no disfruto del camino de sentir que estoy compitiendo con alguien y, especialmente, no disfruto de ganarle a alguien. Sí disfruto del reconocimiento, como cuando me han dado un premio a actriz revelación, que tampoco eso me hace una persona diferente. En algún punto la medalla de un juego no sé si es un reconocimiento. 

P: Competencia, meritocracia, sacrificio, salud mental, abusos de poder. Son todos términos que resuenan mucho en la actualidad. ¿Qué centralidad tienen en tu vida personal? 

G: Son todas cosas que siento están muy inculcadas en el ámbito de alto rendimiento, y que todos padecemos. Lo que pasa es que en el deporte de alto rendimiento están legitimadas, naturalizadas y, en algún punto, impulsadas: tiene que ser con dolor, con sufrimiento, tiene que ser siempre más, más y más. Las lesiones simbólicas y metafóricas…En general, esos deportistas empiezan de pequeños, entonces ya estamos inculcando esa base éticas a les niñes y adolescentes, que cuando entran a la sociedad como seres adultos van a replicar esas lógicas. 

Estas temáticas me atraviesan desde siempre, y en Consagrada decidí asumirlas y hacerlas obra, y es por eso que surge la necesidad de hablar desde el deporte de alto rendimiento. Yo sí sabía que quería hablar sobre esas problemáticas, pero no es que de antemano sabía que quería hablar desde mi autobiografía. A medida que fui rascando fui a mi historia. En un momento era oro en polvo y era “claro, hay que hablar desde esta singularidad pero universalizarla para que no quede endogámica y solamente sensibilizara a la gente que hizo deporte”. No, estas temáticas están en todos los recovecos de la sociedad. Lo que tiene el deporte es que los legitima. Yo no sé si me animaría a hacer la afirmación de que “el deporte de alto rendimiento es salud”. Se trata de abrir y generarles preguntas a ciertas informaciones que venimos repitiendo como etiquetas que ocultan y que traen mucho por detrás y por debajo. 

Siento que hay algo de los espacios de poder en términos de visibilización cuando te subís a un podio. Porque, lamentablemente, la voz tiene más escucha si te subiste a un podio para decir tal cosa o no. En un escenario, o si sos docente, si sos madre o padres, como todos, cuando en algún momento tenemos nuestro espacio de poder hacer, poder decir, poder manifestar, poder ejecutar, cabe pensar qué lógica querés replicar, si una lógica humanista o una lógica competitiva, exterminadora, alienada, individualista. Sobre todo cuando estamos dialogando con niñes que están formando sus valores y que no vienen con toda esa perorata ya armada. Eso es algo del mundo capitalista, de la sociedad.

P: ¿Cuál es el fracaso del éxito? ¿Qué ganaste y qué perdiste?

G: Me doy cuenta de que está muy idealizado el éxito. Que te vaya bien en algo, que seas una persona exitosa… Hay que pararse a pensar qué es eso. Como si te endiosara o te salvara en algo, como si fuera un shock de salvación de algo. Se cree que te hace ser alguien, te da una identidad, y que hay como una especie de fantasma de salvación. En la alegoría del deporte de alto rendimiento “del fracaso al éxito”, lo digo en el sentido de que a veces ganaste una medalla y quedaste roto. Yo conozco a un montón de medallistas olímpiques que toman medicamentos psiquiátricos o antidepresivos, que están muy tristes o deprimides… Y no tengo ningún tabú con eso, porque digo “menos mal” porque los necesitan. Pero a lo que voy es que no es una salvación. Hay muches que dejaron mucho y varios quedaron rotes en el camino hacia ese éxito. 

Perdí, no sé. Sí, me lastimé, tengo muchas cicatrices óseas, mis rodillas cuando sea más grande lo van a sentir. Yo me sigo moviendo y todo, pero hay cosas de cómo se me trató el cuerpo que no fue saludable. Ciertas situaciones de presión, de callar, de tener que soportar algunas cosas en mucha soledad, aunque por suerte tuve una familia con la que pude poner en palabras, digerir y elaborar, pero sino hay muchas cosas que pueden ser hasta peligrosas, en algún punto. 

Ganar, gané amigas. Gané experiencia, disciplina. Gané profesionalismo, perfeccionismo. Viajé. Gané mucha experiencia. Pero hay algo de que creo que fui una niña muy adulta, hay algo de un dolor ahí de que está bueno dejar a les niñes ser niñes, al mismo tiempo que está bueno dedicarse, pero cuidando sus derechos.

P: ¿Qué se resigna de unx cuando la autoexigencia y la presión por la excelencia tienen tanto peso?

G: Esta pregunta me la sigo haciendo. Es un re tema. Siento que tengo el umbral demasiado alto muchas veces a la perfección, a la autoexigencia. Muy entrenado, tanto física como psíquica, emocional y mentalmente. A veces hay demasiado umbral y no está bueno. Me veo a veces en situaciones muy exigidas que el gran problema es que las sé atravesar, soportar o llevar. Hay otras situaciones en las que está bueno porque por eso soy directora de proyectos. Por ejemplo, situaciones en las que no pierdo la calma, aunque por dentro me esté sintiendo muy presionada. Pero tengo cierto entrenamiento por haber viajado sola desde chiquita y atravesar situaciones que me curtieron mucho. 

Está bueno tener estructura, pero una estructura ósea que te deje blanda. No estar en una rigidez o en una tensión porque eso se rompe, se pone muy tenso, muy exigido, y me parece que en la vida hay que saber activar y desactivar y hacer la plancha, tener tiempo de ocio y de blandura, de descanso y empatía, de compartir.

P: En un contexto un tanto hostil tanto para la cultura como para el deporte nacional, ¿hay algo que reivindiques de ambos? 

G: En este contexto hostil, lo que reivindico es la gente que es humana, que sostiene y está en los lugares vulnerados. Que sostiene los proyectos independientes. Que hace y acompaña, que trabaja en colectivos, que cuida. Que fomenta, que abre, que comparte y que es generosa. Que no saca ventaja, que no es carroñera. Que tiene buenos valores humanos y que no solo es así y los comparte, sino que también los multiplica y educa haciendo. 

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