¿Cómo proponer una lectura reflexiva y un debate continuo sobre lo que hacemos en redes que demandan inmediatez? Panóptico Cultural se presenta como una especie de “laboratorio de traducción política”. Así lo define Agustina Kupsch, antropóloga y creadora del espacio virtual con base en Instagram en donde cada semana desmenuza los temas del momento desde una visión en la que pone a dialogar teorías de las ciencias sociales con la calle y en donde propone discusiones que apuntan a cuestionar y desnaturalizar lo que se da por sentado con el objetivo de pensar colectivamente salidas alternativas a los problemas del presente.
Panóptico Cultural está atravesado no sólo por la antropología, sino también por la cultura pop, la estética digital y, fundamentalmente, la política en un formato novedoso y llamativo que apropia estratégicamente las herramientas de las redes para lograr, sin embargo, algo que no es tan común en ellas: el intercambio razonado de ideas. Te invitamos a conocer a su fundadora, Agustina, en esta nota dónde nos preguntamos por esas pequeñas trampas cotidianas donde nos encerramos, por nuestra relación con los otros, por lo común y por el rol que tiene el feminismo en el actual contexto.
Periodista: ¿En medio de qué panópticos culturales vivimos hoy? ¿Y en qué trampas nos encerramos voluntariamente?
Agustina: Vivimos dentro de un panóptico distribuido, donde ya no hay una torre que vigila desde arriba, sino una red de miradas horizontales que se ejercen entre nosotrxs. Las plataformas digitales transformaron la vigilancia en un acto participativo: no solo somos observadxs, sino que deseamos ser observadxs. Lo que antes era el ojo del poder hoy se disfraza de algoritmo, de métrica o de “feedback”. Ese desplazamiento es crucial: la vigilancia dejó de ser coerción para convertirse en performance, y la performance en forma de existencia.
La trampa más eficaz es la de la autoexposición como condición de pertenencia. Nos mostramos para existir, sin advertir que cada gesto de visibilidad refuerza la lógica del control. El panóptico contemporáneo ya no castiga: premia con likes. Por eso es más difícil escapar de él. Como diría Byung-Chul Han, la sociedad del rendimiento reemplazó el deber por la autoexplotación. Nos convertimos en nuestros propios carceleros, pero sonrientes, conectados, con filtro. El desafío es reapropiarse del silencio, de la opacidad, de los márgenes como lugares de resistencia simbólica.
E: ¿Qué observas en los trazados de la anatomopolítica y biopolítica actuales? ¿Con qué vueltas de tuerca se presentan y con qué vueltas de tuerca debemos analizarlas nosotrxs?
A: Creo que hoy por hoy el poder ya no disciplina los cuerpos en fábricas o escuelas: los modula a través de pantallas, rutinas de bienestar, inteligencia artificial y promesas de autocuidado. La anatomopolítica contemporánea gestiona emociones, estados de ánimo, metabolismo y deseo. La biopolítica se digitalizó: se volvió bio-tecno-política. Gobierna a través de datos, algoritmos y discursos terapéuticos. El cuerpo se transformó en interfaz y en fuente de valor. Somos materia prima para la extracción emocional y de atención.
Pero el poder actual no reprime: seduce. La obediencia se camufla de elección. Nos creemos autónomxs mientras reproducimos guiones invisibles. Las vueltas de tuerca analíticas que necesitamos son epistemológicas: dejar de pensar el poder como algo que se ejerce “sobre” los cuerpos para entenderlo como algo que se “fabrica en” ellos. Leer los afectos, los algoritmos y las narrativas de bienestar como tecnologías de gobierno. Si Foucault analizó el control de los cuerpos, hoy debemos analizar la captura de los deseos: ese es el nuevo campo de batalla.
E: ¿Qué nos pasa hoy en nuestra relación con los Otros? ¿Cómo tramitamos las tensiones aparejadas por la modernidad?
A: La modernidad nos prometió autonomía, pero nos entregó aislamiento y, en nombre de la libertad individual, sacrificamos la experiencia de comunidad. Nos cuesta sostener vínculos sin instrumentalizarlos. La empatía se volvió un recurso escaso. Le otrx, antes espejo simbólico, hoy aparece como amenaza o como ruido en el feed. Esa dificultad para vincularnos tiene raíces estructurales: un sistema que valora la competencia por encima del cuidado produce subjetividades incapaces de convivir sin consumir.
La antropología enseña que toda cultura necesita de la alteridad para existir. Sin un otrx no hay lenguaje, no hay cultura, no hay mundo. Pero el neoliberalismo afectivo nos entrenó para sospechar de toda interdependencia. Nos cuesta habitar la fragilidad compartida. Recuperar la relación con lxs otrxs —humanos y no humanos— es un acto político y epistemológico: implica descolonizar el modo en que pensamos la diferencia. No se trata de tolerar al otro, sino de reconocer que sin su existencia la nuestra no tiene sentido.
E: ¿Cuáles son los desafíos presentes que más te interpelan? ¿Cuánto de creatividad y cuánto de aprendizaje de lo acontecido hay que combinar en las respuestas que intentemos delinear para afrontarlos?
A: Creo que el desafío más urgente es cómo reconstruir comunidad en una época que glorifica la soledad y el rendimiento. Las nuevas derechas comprendieron el poder del relato emocional y de la pertenencia afectiva, mientras los discursos progresistas muchas veces siguen aferrados a la idea de “concientizar”, como si bastara con explicar. El problema no es de contenido, sino de tono y sensibilidad. Nos falta imaginación política para construir relatos que vuelvan a enamorar.
También creo que es clave no perder la memoria. La historia del siglo XX está plagada de advertencias sobre lo que ocurre cuando el miedo se organiza políticamente. Por eso la respuesta no puede ser solo creativa: debe ser también ética y colectiva. Hay que combinar invención con archivo, intuición con genealogía. Aprender de lo acontecido, pero también asumir que los lenguajes de emancipación del pasado no alcanzan para los dilemas del presente. No se trata de repetir consignas, sino de reinventar el sentido de lo común.
E: ¿Qué tiene para decir hoy el feminismo en un contexto en el que parece haber vuelto a ser el centro de todos los dardos y en el que es atacado incluso por lo más alto del poder político?
A: El feminismo es hoy el campo de batalla simbólico por excelencia porque desmanteló la ficción de neutralidad que sostenía al poder. Nombró las violencias estructurales que el sistema necesitaba invisibles. Por eso lo atacan: porque logró señalar que el patriarcado no es una excepción, sino la matriz. Pero reducir el feminismo a una “guerra cultural” es una forma de desactivarlo. El feminismo no es un movimiento identitario, es una crítica radical al modo en que se organiza la vida.
Lo que tiene para decir hoy es justamente eso: que no hay emancipación posible sin justicia de género, ni justicia de género sin justicia económica, ecológica y racial. El feminismo es una lente de totalidad. En un contexto de reacción misógina global, su potencia no está en responder al odio, sino en seguir ampliando los bordes de lo vivible. Como toda revolución profunda, incomoda porque no pide lugar: lo redefine. Lo que está en disputa no es un conjunto de derechos, sino la imaginación misma del futuro.
E: ¿Qué pasa cuándo se dinamita lo común? ¿Cómo recomponemos un lazo social que viene golpeado por los discursos individualistas? En tiempos de “batalla cultural”, ¿qué nuevas narrativas debe generar la progresía para vencer
A: Cuando se dinamita lo común, se deshilacha la trama simbólica que nos sostiene. Sin un nosotros, solo queda el miedo. Y el miedo, en tiempos de incertidumbre, se vuelve el cemento del autoritarismo. Las nuevas derechas ofrecen comunidad sin igualdad; los progresismos, igualdad sin afecto. En esa brecha se pierde el deseo colectivo. Por eso recomponer lo común exige recuperar lo sensible: el gesto, el cuidado, el abrazo como actos políticos.
Las nuevas narrativas deben nacer de la experiencia cotidiana, no solo del discurso ilustrado. Hay que volver a narrar la dignidad, el trabajo, el deseo y el amor como formas de resistencia. Dejar de hablarle sólo a los convencidos y empezar a hablarle a los heridos. La “batalla cultural” no se gana con datos, sino con relatos que devuelvan esperanza. Lo común no se decreta: se siente. Y ese es el terreno donde hay que volver a pelear el sentido.