Hay veces que solo hace falta que alguien ponga en palabras el sentimiento compartido para que la situación dé un vuelco. El 11 de mayo de 2015, la periodista Marcela Ojeda dijo basta frente a la angustia de ver otra piba, otra adolescente asesinada a manos de una pareja que decidía por hasta cuándo podía seguir viva. Y lo puso en twitter. Como una mecha que enciende una bomba, esa palabra alzada en las redes fue un cachetazo para muchas. Y entonces se empezó a organizar una movilización para decir basta. Basta de asesinatos de mujeres por el solo hecho de ser mujeres.
Llegó el 3 de junio. Una inmensa movilización se concentró alrededor del Congreso de la Nación, en la Ciudad de Buenos Aires, para reclamar que el Estado construya respuestas a una demanda básica: queremos elegir qué queremos para nuestras vidas sin que eso signifique la muerte. Queremos seguir vivas. Nada más ni nada menos que vivas.
A pesar de ser un parte aguas, es imposible entender la masividad de #NiUnaMenos sin repasar la historia de construcción política de los feminismos argentinos. A mediados de la década del 1980, las feministas porteñas habían iniciado una tradición única en el mundo: los encuentros nacionales de mujeres. Unos encuentros que permitían discutir, de manera transversal, una agenda de temas comunes que permitían cambiar la realidad, buscando construir estrategias colectivas para poder vivir vidas cada vez más autónomas. De eso se venía, de décadas de organización completamente independiente y autoconvocada, y eso cuajó como experiencia fundamental en la movilización de 2015.
A partir del 3 de junio de 2015 nada fue igual. Los feminismos argentinos irrumpieron como uno de los actores políticos más relevantes del tablero político. A partir de ese momento, se consiguieron una seguidilla muy importante de victorias: se creó una fiscalía especializada en violencia de género, se visibilizó la relevancia de la violencia en la vida de las mujeres, se habló de acoso y abuso sexual, se exigieron presupuestos para programas destinados a asistir a víctimas. Y, años más tarde, en 2018, se logró presionar al Congreso para que finalmente trate el proyecto de legalización del aborto. Dos años después, el grito colectivo festejó la legalización.
Lo que nos enseña #NiUnaMenos es que unidas somos más poderosas, que nunca hay que callarse y que la historia de las que vinieron antes nos abrió las puertas para llegar a donde estamos.
Nunca dejemos de luchar.