Con el ingreso masivo de productos de plataformas como Shein, Temu y similares a partir de la apertura a las importaciones, en Argentina volvió a emerger con fuerza un problema poco discutido pero que viene aparejado con esos modelos de consumo: el fast fashion o la moda rápida productora de toneladas de residuos a partir de los volúmenes sin ubicar de prendas a bajo costo y con gran ritmo de renovación. The Business Of Fashion publicó a mediados del año pasado un informe en el que aseguraba que Shein era la marca de moda más contaminante del mundo con 26.2 millones de toneladas de dióxido de carbono emitidas, el doble que Inditex, la firma detrás de Zara, cuyas emisiones fueron de 13.9 millones de toneladas.
Su crecimiento es tal alrededor del mundo que ha pasado a considerarse directamente “ultra fast fashion”. Al ritmo de los hauls y los get ready with me, las estrategias de comercialización se van afinando para producir y vender más en el menor tiempo posible. Así quedaba expuesto en la afirmación de Bloomberg ya en 2022, cuando sostenía que Shein sacaba un promedio de mil nuevas prendas femeninas por día. Dafna Nudelman, activista en educación ambiental, contó tiempo atrás en uno de sus newsletters que se ha llegado a desarrollar un sistema de microproducción con prueba digital e IA cuya tarea es buscar microtendencias en redes, ofrecer diseños hechos con la herramienta tecnológica, testear la prenda con 100 unidades y, si vende bien, escalarla en 48 horas.
El ciclo viene acompañado por la promesa de una entrega también rápida, lo que obliga a los proveedores a responder en tiempo récord ante la velocidad de los pedidos, que son enviados a clientes de todo el globo por transporte aéreo, el cual emite entre 60 y 80 veces más dióxido de carbono por kilo que el marítimo. Por eso no sorprende el dato de que este sistema productivo sea el responsable de cerca del 10% de las emisiones globales de carbono y de alrededor del 20% de las aguas residuales que se generan a nivel mundial, según reportó Naciones Unidas. El periodista Federico Velenski repasa en su artículo en Marie Claire que, en 2016, Estados Unidos llegó a generar casi 17 millones de toneladas de ropa. De esa cifra, el 67% fue a parar a contenedores de basura, el 18% fue incinerado y apenas un 15%, reciclado.
También en esa nota, el periodista repasó que, frente a regulaciones ambientales más estrictas y el alto costo que implica mantener stock o incinerar residuos textiles, los países centrales comenzaron a buscar nuevas salidas a sus excedentes, como la donación, la exportación y la reventa de ropa usada. Es decir, ubican sus descartes, a veces nuevos y con la etiqueta puesta, en fardos de entre 25 y 50 kilos en mercados periféricos. No porque sea un problema para las marcas, ya que desde el vamos son prendas pensadas para un consumo acelerado, sino porque en algunos mercados ese excedente tiene un costo fiscal.
Según la Cámara Argentina de la Indumentaria, en los primeros ocho meses del año pasado se importó ropa usada por 2,2 millones de dólares, cuando en todo 2024 esa cifra había sido de apenas 52 mil dólares. Muchos de esos fardos terminan en ferias o en emprendimientos web. Ocurre que la otra cara del fenómeno son los costos de la ropa en nuestro país, donde el salario mínimo no supera los 400 mil pesos, mientras en marcas nacionales se ofertan prendas en torno a los 100 mil y 200 mil pesos —cuyo 50% del costo está compuesto por carga impositiva—, en plataformas como Shein o Temu se encuentran a la mitad o incluso menos. Aun así, no solo está en juego el acceso por motivos económicos, sino también por cuestiones de talle: pese a que existe una ley que la dispone, la tabla de talles continúa sin cumplirse en muchos locales. Una falta que los gigantes impulsores del fast fashion notaron y se encargaron de cubrir para ganar también en este terreno la competitividad.
Pero los fardos importados no siempre contienen prendas en condiciones de ser reutilizadas, por lo que parte de ellos termina sin venderse sin que exista un respaldo de gestión sustentable que indique qué hacer con esos residuos que no pueden ser re-exportados o devueltos. El reflejo de esa falta se encuentra, entre otros sitios, en el desierto de Atacama devenido en uno de los mayores vertederos de ropa usada del mundo tras casi cuatro décadas del país chileno como principal importador de indumentaria de segunda mano de la región. En este aspecto es necesario ser clarxs: si no se establecen controles efectivos y una política industrial consistente y sostenible en el tiempo, Argentina podría correr esa suerte.
No es ese el único rasgo alarmante en términos ambientales. En 2022, Greenpeace Alemania alertó sobre el uso de químicos peligrosos por parte de Shein, con niveles muy altos de ftalatos (compuesto que hace que los plásticos sean más flexibles y duraderos) en zapatos y formaldehído en un vestido de niña, por ejemplo. Además, es la marca que más materiales sintéticos utiliza, con un 82% en su haber. De nuevo aquí emerge la cuestión económica: para hacerla más barata y vender más, la ropa se produce con materiales de peor calidad que poseen menor durabilidad y permiten lanzar colecciones nuevas en intervalos cada vez menores. Por ello, el algodón, al costar más, fue cediendo paso al poliéster como principal compuesto, primera fuente de la contaminación por microplásticos. Algo que también obstaculiza su reciclado, ya que la combinación de materiales dificulta su separación. Se agrega también el teñido de textiles, al que se atribuye la responsabilidad por el 20% de las aguas residuales a nivel mundial.
Finalmente, este modelo de consumo es preocupante en términos laborales. 1 de cada 6 personas en el mundo trabaja en esta industria, en la que el 80% de las trabajadoras de la moda son mujeres. El 93% de las marcas no pagan un salario digno y muchas de ellas ni siquiera aseguran condiciones laborales decentes en los talleres.